Esta mañana he salido del Brooklyn FitBoxing a las 9:40 con las pulsaciones a 160 y la camiseta pesando medio kilo más que cuando entré.
Cuatro minutos andando.
Camiseta fuera.
Y al mar.
Sin ducha, sin pasar por casa, sin haber recuperado el aliento. Con el corazón todavía a tope.
No hay palabras para eso.
Bueno, hay dos: puta pasada.
Luego vuelvo andando por la arena, descalzo, chorreando, con cara de haber ganado algo. Y ya en casa, ducha, café y a trabajar.
Un martes. A las 10 de la mañana. Mientras media España entra en su segunda reunión.
Te lo cuento por una cosa.
Cuando trabajaba en agencia en Londres, el lujo tenía forma de “cosa”.
Bolso de Louis Vuitton, reloj, coche con un animal en el capó. Cosas que se compran para que las vea otro.
Ahora el lujo ha cambiado de forma.
Casi nadie envidia ya un Ferrari. Se envidia poder irte a comer con alguien un miércoles. Dormir ocho horas. Bañarte antes de ducharte.
El lujo se ha vuelto invisible.
Ya, Javi, muy bonito, pero tú puedes porque tienes un negocio online.
Pues sí.
Esa era la parte que no iba a contar.
Hace unos años, esto que hago cada mañana era mi definición exacta de sueño. La tenía apuntada, con la letra de alguien que trabajaba de noche en la recepción de un hotel de Benidorm y leía libros de copywriting entre llave y llave.
Y ahora es un martes normal.
Que igual es lo más raro: cuando el sueño llega, no avisa. Se convierte en rutina, y un día estás flotando, todavía sin aliento, y te acuerdas de que esto lo pediste.
Suena a fardar. Un poco sí.
Pero lo que quería decir es otra cosa: el lujo de ahora se puede fabricar. El de antes había que heredarlo. O financiarlo a 72 meses.
Javi
P.D. Algún día te hablo del Brooklyn Fit Boxing, que me ha cambiado la vida. Hoy no, que la camiseta sigue en el lavabo pidiendo perdón.
P.D. 2. Lo del bolso no era una indirecta. Bueno, sí.



