Esta mañana he bajado a la playa a las 10 y he podido elegir sitio.
Primera línea, sin madrugar, sin clavar la sombrilla a las 8 como quien planta una bandera en la Luna.
Es septiembre y ya se han ido casi todos los turistas.
Se supone que ahora hay que alegrarse.
Y la gente que vive aquí todo el año se pone más contenta que chupillas.
Vuelve a haber plazas de aparcamiento…
No hace falta reservar en los restaurantes…
Puedes pedir una caña sin tener que esperar 3 horas…
Pero yo no me pongo tan contento.
Bueno, un poco sí.
Pero sobre todo no.
Ahora te lo explico.
A mí agosto me gusta.
Me gusta que cueste encontrar sitio. Que en el bar de abajo no haya mesa hasta las once. Que haya cola en la heladería y niños chillando en la arena a las nueve de la noche.
Porque todo eso significa: aquí hay gente gastando.
Y luego a la gente se nos llena la boca diciendo lo mismo una y otra vez: “con lo mal que está todo, no sé de dónde sale el dinero”.
Pues sale de donde siempre.
Dinero hay siempre. Pero depende depara qué.
Nunca ha habido dinero para todo. Lo que hay es un presupuesto que se reordena solo: se cae la suscripción que no abres, y aparecen los 35 euros de la paella con vistas.
Todos los años. Como las medusas.
Te lo cuento porque en mi trabajo veo lo contrario de mi barrio en agosto.
Veo gente con un negocio online, con el mundo entero de clientes posibles, convencida de que el problema es el precio. Que la gente no tiene dinero.
Y no.
Tienen delante el océano más grande de la historia y están regateando en la orilla.
Cuando alguien no te compra, lo raro es que le falten los 35 euros. Lo normal es que tus 35 euros le gusten menos que la paella.
Mi barrio lo sabe. Por eso en agosto está lleno y por eso en septiembre me da pena.
Bueno, pena no. Que he pillado primera línea.
Ya me entiendes.
—Javi
P.D. Sí, sigo debiéndote lo del Brooklyn Fit Boxing. Iba a contarlo cuando hubiera menos gente. Ya hay menos gente. Lo sé.



